Cómo convertir (de una vez) a España en un país de Ciencia

Lograr que el 2% del PIB se destine a I+D+i y dar estabilidad al personal investigador son pasos imprescindibles para conseguir explosionar, de una vez por todas, el potencial científico de España.

Hace unos meses, Marina acudía con su instituto a una actividad divulgativa en una universidad madrileña. Al preguntarle, junto a otros compañeros, si le parecía útil que el instituto les llevase a este tipo de eventos, ella contestaba con un rotundo sí. «Porque yo quiero ser científica, como mis padres», zanjaba sin vacilación».

Como Marina, Ángela Nieto Toledano fue, en su día, esa niña que soñaba con dedicarse a la ciencia. «Ni siquiera recuerdo cuándo nació. mi vocación científica. Siempre quise ser investigadora y conté con el apoyo de mi familia», recuerda. Aunque, a diferencia de Marina, entre sus padres y sus 25 primos, ella es la única científica. En concreto, es doctora en Bioquímica y Biología Molecular por la Universidad Autónoma de Madrid y actualmente trabaja en el Instituto de Neurociencias de Alicante (IN-UMH-CSIC). Este año, además, se ha alzado con el Premio Nacional de Investigación 2019 Santiago Ramón y Cajal «por su trabajo pionero en el estudio de la transición epitelio-mesénquima, un proceso biológico transcendente en la comprensión del origen del cáncer y las enfermedades degenerativas del envejecimiento», según el jurado de este prestigioso galardón concedido por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades.

A la pregunta que encabeza este reportaje, cómo convertir a España en un país de ciencia, Nieto Toledano responde que a ella le gusta pensar que ya lo es. «Hay magníficos centros e investigación e investigadores excelentes. Además, todos los científicos somos optimistas y resistentes por naturaleza. Sin embargo, es demasiado esfuerzo y no debería ser así. Nos falta el apoyo continuado de nuestros gobernantes y más complicidad de la sociedad», añade.

Esa es, precisamente, la primera piedra que aparece en el camino de la ciencia española: gobernantes y administraciones públicas, escollo que se traduce en una escasa financiación pública a la investigación. El pasado 19 de octubre se convocó en Madrid la Marcha por la Ciencia, una concentración en la que cientos de científicos y científicas reclamaron la inversión del 2% del Producto Interior Bruto (PIB) en investigación, así como un pacto de Estado por la ciencia. En la actualidad, en nuestro país esa cifra no supera el 1,2%, muy lejos de la media europea del 2,07% y aún más del país que encabeza la lista, Suecia, que destina un 3,33%.

«Hace falta modificar las estructuras de la Administración para la ciencia del siglo XXI» Ángela Nieto Toledano, Premio Nacional de Investigación 2019.

«Sin ciencia no hay futuro» o «No dejéis escapar al próximo Cajal», eran algunas de las consignas que clamaban con fuerza los asistentes a la marcha. «El reto es superar el 2% del PIB de inversión en investigación. Y digo inversión, y no gasto, porque numerosos estudios demuestran que destinar dinero a esto es increíblemente rentable. Pero este aumento no es suficiente», avanza Nieto Toledano.

Aquí es cuando se perfila otro de los caballos de batalla de la ciencia en España: la estabilidad. O, mejor dicho, su ausencia. «Necesitamos saber que la inversión será continuada y que los calendarios de convocatorias de proyectos, recursos humanos e infraestructuras tienen fecha fija todos los años», exige la investigadora.

Completando el trío de ases de los problemas, a la inversión pública y a la inestabilidad laboral se une otro escollo histórico que hay que sortear al enfrentarse a cualquier procedimiento administrativo en nuestro país: la burocracia. Una mayor flexibilidad y agilidad en la gestión de los recursos evitaría que muchos investigadores tirasen la toalla a la hora de participar en las convocatorias. «Hace falta modificar las estructuras de la Administración para la ciencia del siglo XXI, si bien en el último año hemos visto guiños en la buena dirección», señala Nieto Toledano por propia experiencia. Esos pequeños gestos también empiezan a vislumbrarse en la opinión pública, quien es, a fin de cuentas, la destinataria final de los resultados derivados de las investigaciones. Aunque, como señala Nieto Toledano, todavía falta apoyo.

De hecho, según la última edición de la Encuesta de Percepción Social de la Ciencia y la Tecnología en España, una de cada seis personas (16,3%) manifiesta de manera espontánea interés por los temas de ciencia y tecnología. El estudio, bianual y realizado por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología, confirma que se ha producido un incremento de ese interés desde 2014 y revela la alta consideración por los beneficios de la ciencia (61%) y un consenso de que la profesión de investigador está mal remunerada económicamente y que carece del reconocimiento social que merece (58,1%).

Buena parte de esa mayor atención social a la ciencia se debe a la labor de difusión que realizan las plataformas de divulgación científica. O, como le gusta denominarla a Elena Lázaro Real –periodista y presidenta de la Asociación Española de Comunicación Científica (AECC) desde el pasado mes de octubre–, de la comunicación social de la ciencia.

«España es un país de ciencia y lo ha sido históricamente, desde que el avance y el poderío tecnológico permitieran la conquista de un territorio. El debate del retraso científico español es tan antiguo como la Ilustración. Por eso, los comunicadores científicos tenemos una obligación y un compromiso social: la investigación en este país se financia con el dinero público de la ciudadanía y a esa ciudadanía hay que responderle», defiende con convicción.

Lázaro Real desarrolla su actividad periodística como coordinadora técnica de la Unidad de Cultura Científica y de la Innovación (UCC+i) en la Universidad de Córdoba. Este tipo de organismos, más de cien repartidos en universidades y centros de investigación en toda España, tienen la misión de promocionar la cultura científica y la innovación con acciones de divulgación, formación y comunicación. Así, gracias a esta labor, la presidenta de la AECC tiene la oportunidad de conocer de cerca la situación de los investigadores españoles, sus problemas, anhelos y necesidades. «Quien se dedica a la investigación es gente generosa, con una vocación fuera de lo normal y muy acostumbrada a trabajar en equipo y a creer que su cerebro no sirve de nada sin el cerebro social. Pero falta compromiso político a largo plazo para que las políticas no dependan de que haya un cambio de Gobierno. La media de edad para estabilizarse son los 40 años, y para las mujeres los 45», denuncia.

Sus reclamaciones toman un peso especial si tenemos en cuenta que, en nuestro país, el 70% de la investigación se realiza en las universidades. En la mayor parte de estos centros, cada vez está más arraigada la idea de que la labor investigadora necesita difundir y dar a conocer sus resultados a la sociedad para que pueda valorar su importancia. Por eso, uno de los paquetes de trabajo de la Conferencia de Rectores de Universidades Españolas (CRUE) es la RedDivulga, donde se trabaja para que los científicos puedan incluir sus méritos en divulgación dentro de sus currículum vitae normalizados.

En la difícil misión de convertir a España en un país de ciencia, la comunicación juega un papel crucial. Pero ¿qué reto tiene que superar para lograrlo? «Tenemos que hacer inclusiva la ciencia y llevarla a las personas que se quedan fuera de ella por sus situaciones socioeconómicas o diferencia de capacidades», sugiere la periodista. La inclusión de la mujer, de las personas con discapacidad, de los colectivos LGTBI y de la España vacía son algunos de los colectivos en los que se deberían centrar especialmente los esfuerzos, resalta Elena.

La actividad a la que acudió Marina, con quien empezábamos este reportaje, es el evento de divulgación científica más longevo de la Comunidad de Madrid: la Semana de la Ciencia. Durante dos semanas de noviembre, centenares de aulas, laboratorios y centros de investigación abren sus puertas. El lema de la edición de 2019 ha sido el de Por una ciencia inclusiva, como guiño a la apuesta férrea por la sensibilización pública sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de Naciones Unidas en el cuarto aniversario de su firma.

«Las universidades y las administraciones públicas han descuidado importantes ODS sociales, como el estudio de la pobreza» José Antonio Alonso, Catedrático de Economía (UCM)

José Antonio Alonso Rodríguez es catedrático de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y miembro del Comité de Políticas para el Desarrollo, órgano consultivo del Consejo Económico y Social de la ONU. El experto admite que no se entiende el trabajo en la consecución de la Agenda 2030 sin la ciencia, puesto que esta «incorpora un esfuerzo de innovación, búsqueda y tener la mente abierta para encontrar solución a objetivos como las ciudades resilientes, el cambio climático o la preservación de los mares».

En el caso concreto de España y su trabajo en la consecución de los ODS, el economista pondría buena nota a trabajos en puntos como el agua y la energía sostenible, sectores en los que, por tradición, la investigación española está más avanzada. Sin embargo, suspendería en materia de ciencias sociales. «La investigación, las universidades y las administraciones públicas han descuidado objetivos sociales importantes, como el estudio de la pobreza», indica el economista. España, desde su punto de vista, ya es un país de ciencia, pero no lo es tanto en innovación o en aplicación de los resultados para mejorar la vida de las personas.

Identificados los síntomas del paciente, solo queda trabajar para curarlo. Mientras haya buenos investigadores con ganas de avanzar hacia un mundo mejor, la balanza estar. inclinada del lado del progreso. Y, si reducimos las piedras en su camino, futuros científicos como Marina ayudarán a que mañana no haya dudas de que España fue, es y será un país de ciencia.

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